Durante los últimos cinco años, una de las maneras de pasar un buen fin de semana para mí y mi pareja, era el planificar un viaje a IKEA. El fin de semana discurría en Barcelona, o Madrid, pero el momento central era la visita marathoniana a IKEA. Hemos estado varias veces en los 4 IKEAS de Madrid y Barcelona.
Comprábamos. Pero no era el comprar lo más importante. Lo importante era ir a IKEA.
Mi casa, se parece hoy más a la de un “joven” sueco, japonés o inglés que compre en IKEA que a la de mis padres.
Ir a IKEA suponía un toque de modernidad europea, un fin de semana de descanso, y una inversión en vida de pareja y sueños compartidos. Nuestra identificación de IKEA con fines de semana agradables, llegó a tal, que cada vez que veíamos un IKEA en Europa, nos hacíamos una foto en la puerta. Así tenemos la foto de, Bourdeaux, Metz, Milano, Edinbourgh, Stocholm, …. detrás de cada IKEA había una gran ciudad ¡siempre!
Ayer fui a IKEA en Zaragoza. Dentro sufrí dos sensaciones contradictorias.
Por un lado la alegría de ver que un icono de modernidad se instala en mi ciudad, tan retrasada respecto a Europa hace muy pocos años. Ikea es la mejor muestra de que Zaragoza es una de las grandes ciudades europeas.
Por otro lado, la tristeza de comprobar que se me habían acabado aquellos fines de semana de viaje a IKEA. Ya no era una escapada de pareja, era una visita a una tienda masificada, en la que encontrabas un montón de caras conocidas.
En el fondo, me dio pena.